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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Enseñanzas históricas a 35 años del derrocamiento de Allende




Por Luis R Delgado J

Estamos a punto de cumplir otro año más del derrocamiento sangriento del gobierno de la Unidad Popular chilena, de Salvador Allende, de una vía inédita de construcción del Socialismo. Este hecho que genera tristeza e indignación recordarlo, nos deja valiosas enseñanzas para los revolucionarios y revolucionarias del mundo:


• Nos muestra lo complejo que es un cambio histórico de carácter revolucionario;
• Nos enseña que una cosa es conquistar el Gobierno y otra es conquistar el Poder;
• Nos demuestra que el Gobierno es sólo una parte de el Estado;
• Nos enseña tal como nos enseñaron otras experiencias revolucionarias pasadas, que el Ejercito es una de las primeras instituciones que deben desmantelarse y ser sustituidas por una revolución.
• Nos indica lo cruel que puede ser la encarnizada Lucha de Clases;
• Nos permite valorar la profundidad de los cambios revolucionarios (nacionalización del cobre, de la banca, de 90 grupos industriales, combate al latifundio, etc.) dados en Chile en apenas tres años.
• Nos muestra las dificultades intrínsecas de una revolución pacífica y desarmada;
• Nos demuestra lo peligroso que es el sectarismo y la dispersión de las fuerzas revolucionarias y progresistas;
• También nos demuestra la grandeza moral de la Revolución Socialista, su superioridad ética frente a las fuerzas oscuras de la reacción, que sólo buscan reproducir y ampliar las condiciones de explotación, opresión y subordinación inherentes al Capitalismo imperialista;
• Nos muestra de forma asquerosa, la política intervencionista que ha impulsado los Estados Unidos en nuestro continente en los últimos dos siglos para garantizar su dominación en lo que ellos consideran su patio trasero;
• Nos enseña el papel que en este sentido ha jugado la CIA y otros organismos de inteligencia en la desestabilización de la región;
• Nos indica los verdaderos intereses de la Corporaciones Transnacionales;
• Nos muestra el nacimiento del Neoliberalismo en América Latina;
• Nos demuestra el papel hipócrita de muchos organismos internacionales supuestamente garantes de la paz , la democracia y los derechos humanos;
• Nos permite estudiar el rol jugado por los medios de comunicación privados, la SIP al servicio del imperialismo norteamericano en la región;
• Nos enseña el triste papel que muchas veces puede jugar una Clase Media alienada y manipulada, entre otras cosas.

Por otro lado, además de estas enseñanzas, a la luz de los procesos que hoy viven diversos países en nuestra región se generan una serie de interrogantes que preocupan sensiblemente:

• ¿Qué naturaleza de clase tienen los ejércitos de países como Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Argentina o Brasil?
• ¿Hasta que punto estos Ejércitos Nacionales están comprometidos con los cambios históricos en curso en diversos países de la región?
• ¿Qué tan radicales son los objetivos históricos de los diversos gobiernos de la región que se tildan de progresistas y revolucionarios?
• ¿El gobierno boliviano tiene el suficiente poder disuasivo para frenar la ofensiva de la derecha secesionista?
• ¿Es posible una revolución de carácter antiimperialista y anticapitalista por la vía pacífica?

Estos son algunos elementos que pueden considerarse a 35 años del fatídico 11 de abril de 1973.

¡Viva Allende!
¡Vivan los Trabajadores!
¡Viva Chile!


martes, 9 de septiembre de 2008

El debate de la izquierda en América Latina




Schafik Jorge Handal

América Latina y el Caribe son hoy el escenario de un intenso y frecuentemente acalorado debate sobre las estrategias que la izquierda debe adoptar para alcanzar el poder. En otro momento, en la época de las dictaduras militares latinoamericanas y caribeñas, que abarcó casi todo el siglo XX, el debate principal en el seno de la izquierda revolucionaria fue alrededor de: vía armada o vía pacífica electoral.
El gobierno de Estados Unidos simplemente no estaba dispuesto a aceptar el ascenso de la izquierda a los gobiernos por vía electoral. El Chile democrático, con ejército "profesional y obediente de la autoridad civil", fue enterrado por el golpe militar encabezado por Pinochet, el asesinato del Presidente Salvador Allende y la matanza generalizada que sobrevino al 11 de Septiembre de 1973. Después, los militares aplastaron la democracia uruguaya, la "Suiza de América"; los militares argentinos instauraron una de las más cruentas dictaduras sufridas en ese país. En Brasil, los militares volvieron aún más asfixiante el régimen que habían instaurado a inicios de la década de los sesentas.

El derrumbe del socialismo soviético, la entrada en el mundo unipolar y en el capitalismo neoliberal volvieron innecesarias para los Estados Unidos las dictaduras militares, ya desgastadas por las luchas políticas y armadas de nuestros pueblos y riesgosas para la estabilidad de la dominación imperial, como lo habían demostrado en su momento la Revolución Cubana y la Revolución Sandinista.

Washington hizo entonces un giro de su estrategia en América Latina y el Caribe, hacia la promoción de gobiernos civiles surgidos de elecciones "democráticas". No buscaba favorecer el ascenso revolucionario a los gobiernos, sino sustituir una forma de dominación que se había vuelto riesgosa por otra más segura, para el implantamiento del capitalismo neo-liberal, su globalización y su hegemonía militar.

Este giro inauguró arrebatándole el poder a la Revolución Sandinista por vía electoral y favoreciendo la solución política negociada del conflicto armado salvadoreño, después de la gran ofensiva militar del FMLN en noviembre y diciembre del año 1989. Chile, Uruguay, Brasil, Perú, Bolivia, Argentina, fueron también escenarios de la resistencia popular, incluso armada, contra las dictaduras militares que desembocaron en salidas electorales.

El debate en la izquierda sobre vía armada ó vía pacífica electoral entro en receso. ¿Volverá a surgir en el futuro? En verdad no puede descartarse.

Los procesos electorales se convirtieron en una prioridad para la izquierda en nuestro sub-continente, casi impuesta por la desaparición de la bipolaridad geopolítica, en cuyo marco triunfaron tantas revoluciones y muchas pudieron consolidarse. En América Latina la Revolución Cubana es el ejemplo primero y clásico. En el marco de la bipolaridad se liberaron también del colonialismo muchos pueblos en Asia y África.

El debate en la izquierda Latinoamérica y Caribeña se desplazó a la búsqueda de respuestas a interrogantes como las siguientes:

¿Podrían realmente los procesos electorales, en el marco de la uní polaridad, constituirse en una vía para el acceso a los gobiernos de las fuerzas revolucionarias?

Más aún... ¿Podrían las elecciones llegar a ser una vía para la conquista del poder y no solo de los gobiernos?

¿Las victorias electorales de la izquierda podrían excluir la posibilidad de ser revertidas por los tradicionales cuartelazos de jefes militares sumisos al imperio y a las oligarquías? Y muchas otras más por el estilo.

Surgieron las respuestas contradictorias o matizadas.

En Colombia, por ejemplo, continúo y creció la lucha armada, combinándose en ocasiones con alianzas y luchas electorales. En Perú surgió y se desenvolvió por varios años la lucha armada.

Por su parte, una pequeña minoría de la izquierda Latinoamericana y caribeña se mantuvo al margen de la participación electoral y continuó rechazándola como vía para el ascenso revolucionario al poder, sin practicar tampoco otras vías.

La parte mayoritaria se incorporó a los procesos electorales a partir de estrategias diferenciadas y divergentes:

Para algunos de estos últimos, las elecciones pueden ser vía de la izquierda hacia el poder si esta se "modera", se "moderniza", si es "realista" y se convierte en un proyecto "viable", tolerable para el imperio, para el gran capital oligárquico y para los militares reaccionarios y si además es capaz de entusiasmar a las mayorías ciudadanas para cosechar sus votos. A menudo, un componente de esta receta es el anticomunismo y la toma de distancia de la Revolución Cubana y ahora, aunque más tímidamente, respecto al proceso revolucionario ! bolivariano en Venezuela. Se plantean así mismo la no ruptura con el modelo del capitalismo neoliberal y su Fondo Monetario Internacional, o hablan de postergarla o gradualizarla.

En ciertos casos estas recetas incluyen la postulación al cargo presidencial de personajes "potables" cooptados de fuera de la izquierda. Un caso extremo de esta formula fue el del FREPASO argentino, que obtuvo una clara victoria electoral, pero instaló un gobierno, encabezado por Fernando de la Rua, que profundizó el modelo neo-liberal heredado de Menem, lanzó a la miseria a una vasta proporción de la sociedad y fue derrocado por las más grandes e intensas movilizaciones populares. Esta parte de la izquierda suele también distanciarse de las luchas ! sociales de los sectores golpeados por el modelo neoliberal y que buscan salidas alternativas a las crisis que los abaten. Los argumentos que frecuentemente se escuchan, para justificar ese distanciamiento, es que la movilización social y popular perjudica las posibilidades electorales, pues se asusta a los votos moderados.

Mientras tanto, otra parte de la izquierda se ha planteado ascender a los gobiernos por vía electoral para cambiar el sistema del capitalismo neoliberal y consumar verdaderas revoluciones democráticas, ganando para ello el entusiasmo, la participación, la acción organizada y decidida de la mayoría del pueblo, concertando amplias, multiclasistas y multisectoriales, alianzas anti-neoliberales, nacional e internacionalmente, disputándole la influencia sobre los militares al imperio y la oligarquía financiero-mediática. Es una estrategia que se articula en torno a la realización de un programa claro y consistente de cambios estructurales, en lo económico, social y político.

Este es el caso de la Revolución Bolivariana liderada por Hugo Chávez Frías, que ha surgido y avanzado a través de reiterados procesos electorales y grandes enfrentamientos victoriosos con la contrarrevolución apoyada por las transnacionales y el gobierno de Estados Unidos.

Para esta parte de la izquierda los procesos electorales son una gran oportunidad para la comunicación de las propuestas revolucionarias a la gente y un gran escenario para la lucha de ideas contra el capitalismo neo-liberal y por una sociedad justa. Son, a la vez, un gran instrumento movilizador y organizador del pueblo, consolidador de las alianzas anti-neoliberales, fuente de acumulación de fuerzas y de construcción del poder popular, enrumbados hacia el cambio de la correlación y hacia la revolución.

Ese es el gran debate que está planteado hoy en el seno de la izquierda. El FMLN en El Salvador no es la excepción. Al igual que en otras experiencias latinoamericanas la derecha y sus medios no disimulan sus simpatías. En el fondo, como lo han señalado algunos de sus ideólogos más connotados, comparten el propósito de debilitar y hasta destruir el proyecto revolucionario, que ha probado ser una real amenaza para su modelo de dominación.

sábado, 30 de agosto de 2008

El socialismo del siglo XXI: notas para su discusión




Atilio Borón
Defensadelahumanidad.cult.cu

El propósito de esta ponencia es aportar algunos elementos para la discusión sobre el socialismo del siglo veintiuno. El tema, no por casualidad, está siendo objeto de una intensa y creciente discusión. Si hacemos una rápida consulta al Google y miramos el número de páginas existentes, a finales de Julio de 2008 sobre el "Socialismo del siglo XXI" veremos que aparecen listadas aproximadamente más de 1.200.000 páginas que responden a dicho título.

Dado el volumen de la bibliografía existente nos limitaremos a examinar algunas ideas que nos parecen centrales y que quisiéramos dejar como aporte para un futuro trabajo de elaboración colectiva. No tienen pretensión alguna de exhaustividad sino que, por el contrario, deben ser comprendidas como una parcial contribución a un debate en curso tendiente a lograr una definición cada vez más precisa del horizonte socialista de las luchas emancipatorias de nuestra época.
Abordaremos esta reflexión a partir de una distinción tripartita entre:

1. Los valores y principios medulares, que deben vertebrar un proyecto que se reclame como genuinamente socialista.

2. El programa de ese proyecto, es decir, el tránsito desde el universo de los valores a la agenda concreta de la construcción del socialismo y las políticas públicas requeridas para su implementación.

3. Finalmente, el tema del "sujeto histórico" (o los sujetos) de ese proyecto, y sus características distintivas.

Valores

Se trata de un tema clave, porque un proyecto socialista no puede manifestar la menor ambigüedad axiológica en relación a su crítica intransigente y radical a la sociedad burguesa. A la luz de las experiencias que tuvieron lugar durante la fase "keynesiana" del capitalismo no se puede alimentar la menor ilusión acerca de la capacidad de lograr reformas profundas y sobre todo duraderas en la estructura de este tipo de sociedad. La involución que sufrió a consecuencia de la contrarrevolución neoliberal a partir de los años 1980s demuestra, más allá de toda duda, que los avances que se habían producido en los años de la posguerra -y que dieran lugar a múltiples teorizaciones sobre "el fin de las ideologías", el agotamiento de la lucha de clases, las virtudes de la irrestricta movilidad social ascendente, el triunfo de la democracia liberal, etcétera- estuvieron muy lejos de ser irreversibles.

Esta reversión ha confirmado, una vez más, la extraordinaria resiliencia del capitalismo y su capacidad para retornar a la "normalidad" de su funcionamiento explotador, expoliador y opresivo una vez que se disipan las coyunturas amenazantes que, en los años de la posguerra, le obligaron a hacer pasajeras concesiones a las clases subalternas. Componente estratégico de esa coyuntura fue la amenazante presencia de la Unión Soviética. Y es que a pesar de su doctrina oficial de la "coexistencia pacífica", justamente criticada por el Che en numerosas intervenciones orales y escritas, la sola existencia del ejemplo soviético y posteriormente de la revolución china obligó a las burguesías metropolitanas a aceptar reivindicaciones que antes de 1917 hubieran sido respondidas apelando a los servicios de la gendarmería.

Dicho lo anterior es preciso subrayar que un socialismo renovado de cara al siglo veintiuno no puede quedar reducido a la construcción de una nueva fórmula económica, por más resueltamente anti-capitalista que ésta sea. El Che tenía toda la razón cuando dijo que "el socialismo como fórmula de redistribución de bienes materiales no me interesa." 3 De lo que se trata es de la creación de un hombre y una mujer nuevos, de una nueva cultura y un nuevo tipo de sociedad, caracterizado por la abolición de toda forma de opresión y explotación, el primado de la solidaridad, el fin de la separación entre gobernantes y gobernados y la reconciliación del hombre con la naturaleza.
Proyecto

El apartado anterior analizó, brevemente, la problemática de los valores y destacó la incuestionable superioridad ética del socialismo en relación al capitalismo, tema que no debe olvidarse pese a que muy a menudo se lo deja de lado. Veamos ahora el proyecto y un caso especial: "la planificación central" de la economía, que en el pasado fue interpretada como consustancial con el socialismo y que hoy aparece claramente como producto de una época no existiendo razones irrebatibles para que sea mantenida en el futuro.

Si en el marco del desplome del estado zarista, la Primera Guerra Mundial y la salvaje agresión perpetrada en contra de la joven república soviética la socialización de la economía fue asimilada con la total estatización de las actividades económicas, en la actualidad esa receta no sólo es inadecuada sino, además, contraproducente para la consolidación de un proyecto socialista en las condiciones actuales de la economía mundial.

Si el modelo de la estatización total de la economía fue una necesidad impuesta por determinadas circunstancias esto no significa que deba ser la única alternativa de un proyecto socialista. Y esta conclusión es válida aún si se tiene en cuenta que en su tiempo ese modelo fue altamente exitoso porque hizo posible un formidable desarrollo de las fuerzas productivas y convirtió al país más atrasado de Europa de comienzos del siglo veinte en una gran potencia industrial y militar. Sin embargo, sus logros en una fase de industrialización extensiva no fueron suficientes para responder eficazmente los nuevos desafíos planteados por la tercera revolución industrial, con el desarrollo de la microelectrónica, las telecomunicaciones, la informática y todas las aplicaciones industriales derivadas de estos adelantos científicos y, gradualmente fue perdiendo terreno ante sus rivales capitalistas hasta llegar a su inglorioso derrumbe final, cuando todo el edificio político construido por la primera revolución proletaria de la historia, un acontecimiento extraordinario en la vida de las naciones, se desplomó sin un solo disparo, y ante la increíble indiferencia de la población.

El tema de la magnitud e implicaciones de estos grandes cambios económicos mereció una aguda observación del Comandante Fidel Castro en su discurso del 17 de Noviembre del 2005 en la Universidad de La Habana conmemorando el sexagésimo aniversario de su ingreso a esa casa de estudios. Dijo en esa oportunidad que "somos idiotas si creemos, por ejemplo, que la economía -y que me perdonen las decenas de miles de economistas que hay en el país- es una ciencia exacta y eterna, y que existió desde la época de Adán y Eva. Se pierde todo el sentido dialéctico cuando alguien cree que esa misma economía de hoy es igual a la de hace 50 años, o hace 100 años, o hace 150 años, o es igual a la época de Lenin, o a la época de Carlos Marx. A mil leguas de mi pensamiento el revisionismo, rindo verdadero culto a Marx, a Engels y a Lenin."

Fidel tiene razón: la economía de hoy no es la de hace cincuenta años atrás. No lo son ni el paradigma productivo, ni las modalidades de circulación de las mercancías, ni las características del sistema financiero ni el entrelazamiento mundial del capital y el de éste con los estados de los capitalismos metropolitanos. Por lo tanto, las políticas económicas del socialismo deben necesariamente partir del reconocimiento de esas nuevas realidades. Y, al mismo tiempo, tener la humildad y la sensatez necesarias como para desconfiar de fórmulas librescas, pret a porter, que se presentan como válidas para todo tiempo y lugar para la construcción del socialismo. En esa misma plática a los universitarios Fidel decía que "uno de nuestros mayores errores al principio, y muchas veces a lo largo de la Revolución, fue creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo." Lección esta importantísima, no sólo por provenir de quien proviene sino porque desafía la tendencia pertinaz en la izquierda de reducir la construcción del socialismo a la aplicación de una receta, un modelo, una fórmula.

Sujetos

Claramente, en plural. No existe un único sujeto -y mucho menos un único sujeto preconstituido- de la transformación socialista. Si en el capitalismo del siglo diecinueve y comienzos del veinte podía postularse la centralidad excluyente del proletariado industrial, los datos del capitalismo contemporáneo y la historia de las luchas de clases sobre todo en la periferia del sistema demuestran el creciente protagonismo adquirido por masas populares que en el pasado eran tenidas como incapaces de colaborar en la instauración de un proyecto socialista.

Campesinos, indígenas, sectores marginales urbanos eran, en el mejor de los casos, acompañantes en un discreto segundo plano de la presencia estelar de la clase obrera. La historia latinoamericana, desde la Revolución Cubana hasta aquí, ha demostrado que, al menos en los capitalismos periféricos el exclusivismo protagónico del proletariado industrial no fue confirmado por los hechos. Baste recordar la caracterización del "pueblo" hecha por Fidel Castro en La Historia me Absolverá, o el papel de esas masas populares urbanas y rurales en los levantamientos que tuvieron lugar en Bolivia y Ecuador (que se tradujeron posteriormente en las victorias electorales de Evo Morales y Rafael Correa), o el heroísmo de esas masas en la derrota del golpe de estado de Abril del 2002 en contra de la Revolución Bolivariana para apreciar, en toda su magnitud, la multiplicación de los sujetos de la resistencia y oposición al capitalismo.

Para finalizar, no podríamos dejar de examinar esta problemática sin cuestionar la falsa oposición que suele plantearse entre partidos y movimientos sociales. Lamentablemente, en los últimos tiempos esta oposición radical se arraigó muy profundamente en el imaginario de numerosos actores sociales y políticos de América Latina y el Caribe. La consecuencia fue que mientras los partidos políticos de izquierda fueron todos ellos satanizados y considerados sin hacer distingo alguno -y por lo tanto cometiendo una enorme injusticia con algunos que lucharon ejemplarmente contra las dictaduras que asolaron a nuestros países en los años setentas y ochentas- como aparatos burocratizados, desmovilizadores y claudicantes, los movimientos sociales fueron exaltados como excelsas organizaciones inmunes a las deformaciones burocráticas, las ambiguedades, los personalismos y las mezquindades que según esta poco feliz interpretación caracterizarían a los partidos de izquierda de la región.

Demás está decir que esta simplificación no resiste el menor análisis y que cualquiera mínimamente informado sobre la realidad sociopolítica de nuestros países sabe que los vicios que se achacan, muchas veces con justa razón, a los partidos también afectan, en mayor o menor medida, a los movimientos sociales. Sus proclamas a favor de la horizontalidad y el "basismo" no siempre encuentran una traducción real en la vida concreta de los mismos y no pocas veces son un discurso divorciado de los hechos. Y las "nuevas formas de hacer política" con que los movimientos sociales muchas veces se presentan en la escena pública para diferenciarse de la vieja politiquería partidaria suelen más pronto que tarde dar lugar a la resurrección de odiosas prácticas que se creían exclusivas de los partidos.

En otras palabras: partidos y movimientos representan dos modos de articular los intereses del campo popular, modos que no son contradictorios sino complementarios entre otras cosas porque juegan en distintos escenarios: los partidos en el marco de las instituciones políticas y los movimientos en el seno de la sociedad civil. Si estos demostraron poseer una potencial capacidad para establecer una conexión más estrecha con su propia base y representar de manera más inmediata sus intereses, adolecen en cambio de una enorme dificultad a la hora de sintetizar la multiplicidad de particularismos que ellos encarnan en una fórmula política y en una estrategia unificada que pueda enfrentar con éxito la estrategia unificada de la burguesía. Tanto los partidos como los movimientos parecen ignorar que ésta jamás apuesta todas sus cartas en un solo escenario sino que continuamente combina tácticas y estrategias que utilizan tanto los canales institucionales (las elecciones y todas las instituciones políticas del estado) como los canales extra-institucionales: la calle, las movilizaciones, la propaganda política, los medios de comunicación de masas, los sabotajes, lock-outs patronales, fuga de capitales, huelga de inversiones, chantajes sobre los gobernantes, etcétera. En una palabra, la burguesía no se enfrenta con los falsos problemas que suelen paralizar al campo popular, esterilizado y desmovilizado en improductivas discusiones acerca de si movimientos sí o movimientos no, o partidos sí o partidos no. Profunda conocedora del poder y sus secretos, la burguesía utiliza todas las armas disponibles en su arsenal haciendo caso omiso de sus características, mientras sus opositores se desangran dirimiendo primacías entre unas y otras y quedando por eso mismo a merced de sus enemigos de clase.

sábado, 23 de agosto de 2008

Crisis orgánica y revolución pasiva: el enemigo toma la iniciativa




Néstor Kohan
Rebelión

Desde Marx y Engels hasta Lenin, Trotsky y Mao, desde Mariátegui, Mella, Recabarren y Ponce hasta el Che Guevara y Fidel, gran parte de las reflexiones de los marxistas sobre la lucha de clases han girado en torno a la necesidad de asumir la iniciativa política por parte de los trabajadores y el pueblo.

Pero ¿qué sucede cuando la iniciativa la toman nuestros enemigos? ¿Qué hacer cuando los segmentos más lúcidos de la burguesía intentan resolver la crisis orgánica de hegemonía, legitimidad política y gobernabilidad apelando a discursos y simbología "progresistas", poniéndose a la cabeza de los cambios para desarmar, dividir, neutralizar y finalmente cooptar o demonizar a los sectores populares más intransigentes y radicales?


Para pensar esos momentos difíciles, tan llenos de matices, Gramsci elaboró una categoría: la "revolución pasiva". La tomó prestada de historiadores italianos, pero le otorgó otro significado.

La revolución pasiva es para Gramsci una "revolución-restauración", o sea una transformación desde arriba por la cual los poderosos modifican lentamente las relaciones de fuerza para neutralizar a sus enemigos de abajo.

Mediante la revolución pasiva los segmentos políticamente más lúcidos de la clase dominante y dirigente intentan meterse "en el bolsillo" (la expresión es de Gramsci) a sus adversarios y opositores políticos incorporando parte de sus reclamos, pero despojados de toda radicalidad y todo peligro revolucionario. Las demandas populares se resignifican y terminan trituradas en la maquinaria de la dominación.

¿Cómo enfrentar esa iniciativa? ¿De qué manera podemos descentrar esa estrategia burguesa?

Resulta relativamente fácil identificar a nuestros enemigos cuando ellos adoptan un programa político de choque o represión a cara descubierta. Pero el asunto se complica notablemente cuando los sectores de poder intentan neutralizar al campo popular apelando discursivamente a una simbología "progresista". En esos momentos, navegar en el tormentoso océano de la lucha de clases se vuelve más complejo y delicado...

Dentro de ese conglomerado de olas y mareas políticas que se entrecruzan, no todo aparece tan nítidamente diferenciado ni delimitado como pudiera suponerse. En la actual coyuntura política latinoamericana verificamos, por ejemplo, una notable diferencia entre Cuba, Venezuela y posiblemente Bolivia (en este caso particular no tanto por las moderadas posiciones políticas de su presidente sino más que todo por los poderosos movimientos sociales que tiene por detrás), por un lado; con Chile, Argentina y Uruguay, por el otro.

Si Cuba y Venezuela encabezan la rebeldía contra el imperio, el segundo bloque de naciones —ubicado en el cono sur de nuestra América— expresa más bien cierto aggiornamiento del modelo neoliberal. En este sentido, aunque cada sociedad particular tiene sus propios desafíos, existen problemáticas generales que bien valdría la pena repensar, eludiendo los cantos de sirena embriagadores —por ahora hegemónicos— que hoy pretenden reactualizar las viejas ilusiones reformistas que padecimos hace tres décadas atrás y que tanta sangre, tragedia y dolor nos costaron. En el caso de Argentina, Chile y Uruguay ya no se trata hoy en día del añejo y deshilachado "tránsito pacífico" al socialismo sino, incluso, de una propuesta muchísimo más modesta: la reforma del capitalismo neoliberal en aras de un supuesto "capitalismo nacional" (en la jerga de Kirchner) o "capitalismo a la uruguaya" (para Uruguay) y así de seguido. Hasta el tímido socialismo del "tránsito pacífico" se diluye y el horizonte se estrecha con los vanos intentos por endulzar al capitalismo y volverlo menos cruel y salvaje...

En esta situación compleja, en el cono sur latinoamericano asistimos a un difícil desafío: pensar desde el marxismo revolucionario no en la inminencia del asalto al poder o de ofensiva abierta de los sectores populares, sino en aquellos momentos del proceso de la lucha de clases donde el enemigo pretende mantener y perpetuar el neoliberalismo de manera sutil y encubierta. No lo pretende hacer de cualquier manera. Paradójicamente, las clases dominantes intentan resolver su crisis orgánica, garantizar la gobernabilidad y mantener sus jugosos negocios enarbolando nuestras propias banderas (oportunamente resignificadas). Resulta más sencillo enfrentar y golpear a un enemigo frontal que intenta aplastarnos enarbolando banderas neoliberales y fascistas (el caso emblemático de Pinochet en Chile y Videla o Menem en Argentina es arquetípico). Pero deviene extremadamente complejo responder políticamente cuando el neoliberalismo se disfraza de "progre", continúa beneficiando al gran capital en nombre de "la democracia", los "derechos humanos", la "sociedad civil", el "respeto por la diversidad", etc., etc., etc.

Estos procesos y mecanismos de dominación política utilizados en la actualidad por las clases dominantes del cono sur latinoamericano y sus amos imperiales se asientan en una prolongada y extensa tradición previa.

No han surgido por arte de magia. Sólo constituyen un "enigma irresoluble" si, como tantas veces nos sugirió el posmodernismo, hacemos abstracción de nuestra historia nacional y continental. * La revolución pasiva en la historia de América latina * Durante el siglo XIX, a lo largo de la conformación histórica de los estados-naciones latinoamericanos, se entabló una singular relación entre Estado y sociedad civil. A diferencia de algunos esquemas mecánicos y simplistas, supuestamente "marxistas" *[1]*, en América latina la relación entre sociedad civil y Estado ha sido en gran medida diferente al proceso de las sociedades europeas *[2]*.

Entre nosotros, en no pocas oportunidades, el Estado no fue un producto posterior que venía a reforzar una realidad previamente constituida sobre sus propias bases sino que, por el contrario, contribuyó de manera activa a conformar sociedad civil. No puede explicarse, por ejemplo, la inserción subordinada y dependiente de las formaciones sociales latinoamericanas en el mercado mundial durante el siglo XIX si se desconoce la mediación estatal. No puede comprenderse el proceso genocida de los pueblos originarios de nuestra América, el robo, la expropiación de sus tierras y la incorporación de la producción agrícola o minera al mercado mundial si se prescinde del accionar estatal. No puede entenderse la conformación de las grandes unidades productivas, como las plantaciones, las minas, las haciendas, que combinaban la explotación forzada de fuerza de trabajo con una producción de valores de cambio destinados a ser intercambiados y vendidos en el mercado mundial capitalista, si se deja de lado el rol activo jugado por el Estado. Ese protagonismo central no tuvo lugar únicamente en la llamada acumulación originaria del capital latinoamericano. Posteriormente, cuando el capitalismo y el mercado ya funcionaban en América Latina sin andadores ni muletas, el Estado siguió jugando un rol decisivo.

Entre las muchas instituciones que conforman el entramado estatal hubo una institución en particular que ocupó este rol central: el Ejército (entendido en sentido amplio, como sinónimo de Fuerzas Armadas) *[3]*. Junto con la represión feroz de numerosos sujetos sociales —pueblos indígenas y negros, gauchos, llaneros, etc— reacios a incorporarse como mansa y domesticada fuerza de trabajo, los ejércitos latinoamericanos también ocuparon, gerenciaron y realizaron tareas estrictamente económicas.

Ese rol privilegiado y muchas veces preponderante en América Latina no sólo fue central a lo largo de todo el siglo XIX. En el siglo XX el bonapartismo militar *[4]* ocupó el rol activo que no jugaron ni podían jugar las débiles, impotentes y raquíticas burguesías autóctonas latinoamericanas (injustamente denominadas "burguesías nacionales" por sus apologistas). Ante la ausencia de proyectos sólidos, pujantes y auténticamente nacionales, las burguesías latinoamericanas perdieron su escasa y delgada autonomía, si es que alguna vez la tuvieron *[5]*, y terminaron jugando el rol sumiso de socias menores y subsidiarias de los grandes capitales. Sólo podían disfrutar del solcito del mercado interno y del mercado mundial a condición de acomodarse con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos en los lugares secundarios y los espacios semivacíos que les dejaban los capitales multinacionales. Es por eso que gran parte de las industrializaciones latinoamericanas del siglo XX fueron en realidad seudoindustrializaciones, ya que no modificaron la estructura previa heredada por las burguesías agrarias del siglo XIX *[6]*.

Hoy en día resulta a todas luces errónea y fuera de foco la falsa imagen y la ilusoria dicotomía —construida artificialmente desde relatos encubridores y apologistas— que enfrentaría a "burguesías nacionales, democráticas, industrialistas, antiimperialistas y modernizadoras" versus "oligarquías terratenientes, tradicionalistas, autoritarias y vendepatrias". Nuestra historia real, repleta de golpes de estado, masacres y genocidios planificados, ha seguido un derrotero notablemente diverso al que postulaban los cómodos "esquemas clásicos" y los complacientes "tipos ideales" construidos a imagen y semejanza de las principales formaciones sociales europeas. La historia latinoamericana desobedeció a la lógica europea; la lucha de clases empírica no se dejó atrapar por el esquema ideal; el desarrollo desigual, articulado y combinado de múltiples dominaciones sociales desoyó los consejos políticos etapistas que aconsejaban apoyar a una u otra fracción burguesa ("burguesía democrática" la llamó el reformismo stalinista, "burguesía nacional" la denominó el populismo) contra el supuesto enemigo oligárquico. En América Latina las burguesías nacieron oligárquicas y las oligarquías fueron aburguesándose mientras se modernizaban. Las modernizaciones no vinieron desde abajo sino desde arriba. No fueron democráticas ni plebeyas, sino oligárquicas y autoritarias. No fueron producto de "revoluciones burguesas antifeudales" —como rezaban ciertos manuales— sino de revoluciones-restauradoras, revoluciones pasivas encabezadas e impulsadas por las oligarquías aburguesadas.

Fueron las propias oligarquías, a través del aparato de Estado y en particular de las fuerzas armadas, las que emprendieron —a sangre, tortura y fuego— el camino de modernizar su inserción siempre subordinada en el mercado mundial capitalista *[7]*. El liberalismo latinoamericano no fue, como en la Francia de los siglos XVII y XVIII, progresista sino autoritario y represivo. En nuestras patrias despanzurradas a golpes de bayoneta y destrozadas a picana y palazos, jamás existió modernización económica sin represión política.

Las burguesías locales fueron históricamente débiles para independizar nuestras naciones del imperialismo pero al mismo tiempo fueron lo suficientemente fuertes como para neutralizar e impedir los procesos de lucha social radical de las clases populares.

Las sangrientas dictaduras latinoamericanas —cuyas consecuencias nefastas seguimos padeciendo hasta nuestro presente— que asolaron nuestro continente durante las décadas de los años '70 y '80 no fueron, en consecuencia, un rayo inesperado en el cielo claro de un mediodía de verano. No constituyeron una "anomalía", una excepción a la regla, el interregno entre dos momentos de normalidad y paz. Fueron más bien la regla de nuestros capitalismos periféricos, dependientes y subordinados a la lógica del sistema capitalista mundial. * Nuevos tiempos de luchas y nuevas formas de dominación durante la "transición a la democracia" * Agotadas las antiguas formas políticas dictatoriales mediante las cuales el gran capital —internacional y local— ejerció su dominación y logró remodelar las sociedades latinoamericanas inaugurando a escala mundial el neoliberalismo *[8]* nuestros países asistieron a lo que se denominó, de modo igualmente apologético e injustificado, "transiciones a la democracia".

Ya llevamos casi veinte años, aproximadamente, de "transición". ¿No será hora de hacer un balance crítico? ¿Podemos hoy seguir repitiendo alegremente que las formas republicanas y parlamentarias de ejercer la dominación social son "transiciones a la democracia"? ¿Hasta cuando vamos a continuar tragando sin masticar esos relatos académicos nacidos al calor de las becas de la socialdemocracia alemana y los subsidios de las fundaciones norteamericanas?

En nuestra opinión, y sin ánimo de catequizar ni evangelizar a nadie, la puesta en funcionamiento de formas y rituales parlamentarios dista largamente de parecerse aunque sea mínimamente a una democracia auténtica. Resulta casi ocioso insistir con algo obvio: en nuestros países latinoamericanos hoy siguen dominando los mismos sectores sociales de antaño, los de gruesos billetes y abultadas cuentas bancarias. Ha mutado la imagen, ha cambiado la puesta en escena, se ha transformado el discurso, pero no se ha modificado el sistema económico, social y político de dominación. Incluso se ha perfeccionado *[9]*.

Estas nuevas formas de dominación política —principalmente parlamentarias— nacieron producto de la lucha de clases. En nuestra opinión no fueron un regalo gracioso de su gran majestad, el mercado y el capital (como sostiene cierta hipótesis que termina presuponiendo, inconscientemente, la pasividad total del pueblo), pero lamentablemente tampoco fueron únicamente fruto de la conquista popular y del "avance democrático de la sociedad civil" que lentamente se va empoderando de los mecanismos de decisión política marchando hacia un porvenir luminoso (como presuponen ciertas corrientes que terminan cediendo al fetichismo parlamentario). En realidad, los regímenes políticos postdictadura, en Argentina, en Chile, en Uruguay y en el resto del cono sur latinoamericano, fueron producto de una compleja y desigual combinación de las luchas populares y de masas —en cuya estela alcanza su cenit la pueblada argentina de diciembre de 2001— con la respuesta táctica del imperialismo que necesitaba sacrificar momentáneamente algún peón militar de la época neolítica para reacomodar los hilos de la red de dominación, cambiando algo para que nada cambie.

Con discurso "progre" o sin él, la misión estratégica que el capital transnacional y sus socias más estrechas, las burguesías locales, le asignaron a los gobiernos "progresistas" de la región —desde el Frente Amplio uruguayo y el PJ del argentino Kirchner hasta la concertación de Bachelet en Chile— consiste en lograr el retorno a la "normalidad" del capitalismo latinoamericano. Se trata de resolver la crisis orgánica reconstruyendo el consenso y la credibilidad de las instituciones burguesas para garantizar EL ORDEN. Es decir: la continuidad del capitalismo. Lo que está en juego es la crisis de la hegemonía burguesa en la región, amenazada por las rebeliones y puebladas —como la de Argentina o Bolivia— y su eventual recuperación.

Desde nuestra perspectiva, y a pesar de las esperanzas populares, la manipulación de las banderas sociales, el bastardeo de los símbolos de izquierda y la resignificación de las identidades progresistas tienen actualmente como finalidad frenar la rebeldía y encauzar institucionalmente la indisciplina social. Mediante este mecanismo de aggiornamiento supuestamente "progre" las burguesías del cono sur latinoamericano intentan recomponer su hegemonía política. Se pretende volver a legitimar las instituciones del sistema capitalista, fuertemente devaluadas y desprestigiadas por una crisis de representación política que hacía años no vivía nuestro continente. Los equipos políticos de las clases dominantes locales y el imperialismo se esfuerzan de este modo, sumamente sutil e inteligente, en continuar aislando a la revolución cubana (a la que se saluda, pero... como algo exótico y caribeño), conjurar el ejemplo insolente de la Venezuela bolivariana (a la que se sonríe pero... siempre desde lejos), seguir demonizando a la insurgencia colombiana y congelar de raíz el proceso abierto en Bolivia. * Los desafíos de la izquierda latinoamericana antiimperialista y anticapitalista frente a su propia historia*

¿Cómo enfrentar entonces ese aggiornamiento de las formas políticas de dominación, ese intento gatopardista por cambiar algo para que el ORDEN siga igual y nada cambie de fondo?

Descartada la visión ingenua de un optimismo eufórico que postula en el terreno de las consignas agitativas un peligroso y falso triunfalismo —calificando como "avance revolucionario" a los gobiernos de Tabaré Vázquez, Kirchner o Bachelet—, debemos hacer el esfuerzo por comprender nuestros desafíos políticos a partir de nuestra propia historia y nuestras propias necesidades *[10]*. Así lo hizo Fidel cuando encabezó la revolución cubana, así lo hace Chávez en Venezuela. Así lo hicieron los sandinistas, los salvadoreños y los tupamaros en sus épocas fundacionales (cuando eran radicales y estaban contra el sistema), así lo hacen las FARC y el ELN en Colombia, al igual que los zapatistas en Chiapas. En el cono sur latinoamericano se nos impone encontrar nuestra propia perspectiva estratégica y nuestro rumbo político a partir de nuestra propia historia. ¡Debemos estudiar y tomar en serio a la historia!

Eso implica estar alertas frente a cualquier manipulación oportunista. Es cierto que todo relato histórico presupone construir genealogías en el pasado para defender y legitimar políticas hacia el futuro. Pero todo tiene un límite. No se puede ir al pasado, "meter mano", poner y sacar a gusto y * piacere* según las oportunidades del caso...

Por ejemplo, en la Argentina, no se puede poner en las banderas y en los carteles las imágenes de Santucho y del Che Guevara y luego, como por arte de magia, borrar esos símbolos para reemplazarlos por la foto de Juan Domingo Perón. Y luego, si cambian las alianzas políticas del momento, archivar rápidamente a Perón y volver a poner a Santucho o a quien convenga en esa ocasión. Siempre con la misma sonrisa cínica. ¡Como si todo fuera lo mismo! Eso es poco serio. Eso es hacer manipulación vulgar de la historia en función del presente inmediato. Así no se construye una identidad política de masas que logre aglutinar a la juventud rebelde y a la clase trabajadora combativa en función de un proyecto de emancipación radical. Los cubanos designan a esas maniobras como vulgar "politiquería". Lenin las denominaba "oportunismo". En cada uno de los países de nuestra América hay un término para hacer referencia a lo mismo.

La historia debe ser nuestra fuente genuina de inspiración, no un cómodo salvoconducto oportunista. * Formación política, hegemonía socialista e internacionalismo * No sólo debemos inspirarnos en la historia. En la actual fase de la correlación de clases —signada por la acumulación de fuerzas— necesitamos generalizar la formación política de la militancia de base. No sólo de los cuadros dirigentes sino de toda la militancia popular. Se torna imperioso combatir el clientelismo y la práctica de los "punteros" (negociantes de la política mediante las prebendas del poder), solidificando y sedimentando una fuerte cultura política en la base militante, que apunte a la hegemonía socialista sobre todo el movimiento popular. No habrá transformación social radical al margen del movimiento de masas. Nos parecen ilusorias y fantasmagóricas las ensoñaciones posmodernas y posestructuralistas que nos invitan irresponsablemente a "cambiar el mundo sin tomar el poder". No se pueden lograr cambios de fondo sin confrontar con las instituciones centrales del aparato de Estado. Debemos apuntar a conformar, estratégicamente y a largo plazo —estamos pensando en términos de varios años y no de dos meses— organizaciones guevaristas de combate.

¿Por qué organizaciones? Porque el culto ciego a la espontaneidad de las masas constituye un espejismo muy simpático pero ineficaz. Todo el movimiento popular que sucedió a la explosión del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina diluyó su energía y terminó siendo fagocitado por la ausencia de organización y de continuidad en el tiempo (organización popular no equivale a sumatoria de sellos partidarios que tienen como meta máxima la participación en cada contienda electoral).

¿Por qué guevaristas? Porque en nuestra historia latinoamericana el guevarismo constituye la expresión del pensamiento más radical de Marx y Lenin y de todo el acervo revolucionario mundial, descifrado a partir de nuestra propia realidad y nuestros propios pueblos. El guevarismo se apropia de lo mejor que produjeron los bolcheviques, los chinos, los vietnamitas, las luchas anticolonialistas del África, la juventud estudiantil y trabajadora europea, el movimiento negro norteamericano y todas las rebeldías palpitadas en varios continentes. El guevarismo no es calco ni es copia, constituye una apropiación de la propia historia del marxismo latinoamericano, cuyo fundador es, sin ninguna duda, José Carlos Mariátegui. Guevara no es una remera. Su búsqueda política, teórica, filosófica constituye una permanente invitación a repensar el marxismo radical desde América Latina y el Tercer Mundo. No se lo puede reducir a tres consignas y dos frases hechas. Aun tenemos pendiente un estudio colectivo serio y una apropiación crítica del pensamiento marxista del Che entre nuestra militancia *[11]*.

¿Por qué de combate? Porque tarde o temprano nos toparemos con la fuerza bestial del aparato de Estado y su ejercicio permanente de fuerza material. Así nos lo enseña toda nuestra historia. Insistimos: ¡hay que tomarse en serio la historia! Pretender eludir esa confrontación puede resultar muy simpático para ganar una beca o seducir al público lector en un gran monopolio de la (in)comunicación. Pero la historia de nuestra América nos demuestra, con una carga de dramatismo tremenda, que no habrá revoluciones de verdad sin el combate antiimperialista y anticapitalista. Debemos prepararnos a largo plazo para esa confrontación. No es una tarea de dos días sino de varios años. Debemos dar la batalla ideológica para legitimar en el seno de nuestro pueblo la violencia plebeya, popular, obrera y anticapitalista; la justa violencia de abajo frente a la injusta violencia de arriba.

Pero al identificar el combate como un camino estratégico debemos aprender de los errores del pasado, eludiendo la tentación militarista. Las nuevas organizaciones guevaristas deberán estar estrechamente vinculadas a los movimientos sociales. No se puede hablar "desde afuera" al movimiento de masas. Las organizaciones que encabecen la lucha y marquen un camino estratégico, más allá del día a día, deberán ser al mismo tiempo "causa y efecto" de los movimientos de masas. No sólo hablar y enseñar sino también escuchar y aprender. ¡Y escuchar atentamente y con el oído bien abierto! La verdad de la revolución socialista no es propiedad de ningún sello, se construirá en el diálogo colectivo entre las organizaciones radicales y los movimientos sociales. Las vanguardias —perdón por utilizar este término tan desprestigiado en los centros académicos del sistema— que deberemos construir serán vanguardias de masas, no de elite.

Si durante la lucha ideológica de los '90 —en los tiempos del auge neoliberal— nos vimos obligados a batallar en la defensa de Marx, remando contra la corriente hegemónica, en la década que se abre en el 2000, Marx solo ya no alcanza. Ahora debemos ir por más, dar un paso más e instalar en la agenda de nuestra juventud a Lenin y al Che (y a todas y todos sus continuadores). Reinstalar al Che entre nuestra militancia implica recuperar la mística revolucionaria de lucha extrainstitucional que nutrió a la generación latinoamericana de los '60 y los '70.

Tenemos pendiente pensar y ejercer la política más allá de las instituciones, sin ceder al falso "horizontalismo" —cuyos partidarios gritan "¡*que no dirija nadie*!" porque en realidad quieren dirigir ellos— ni quedar entrampados en el reformismo y el chantaje institucional. Nada mejor entonces que combinar el espíritu de ofensiva de Guevara con la inteligencia y lucidez de Gramsci para comprender y enfrentar el gatopardismo. Saber salir de la política de secta, asumir la ofensiva ideológica y al mismo tiempo ser lo suficientemente lúcidos como para enfrentar el transformismo político de las clases dominantes que enarbolan banderas "progresistas" para dominarnos mejor.

Como San Martín, Artigas, Bolívar, Sucre, Manuel Rodríguez, Juana Azurduy y José Martí, como Guevara, Fidel, Santucho, Sendic, Miguel Enríquez, Inti Peredo, Carlos Fonseca y Marighella, debemos unir nuestros esfuerzos y voluntades colectivas a largo plazo en una perspectiva internacionalista y continental. En la época de la globalización imperialista no es viable ni posible ni realista ni deseable un "capitalismo nacional".

No podemos seguir permitiendo que la militancia abnegada —presente en diversas experiencias reformistas del cono sur— se transforme en "base de maniobra" o elemento de presión y negociación para el aggiornamiento de las burguesías latinoamericanas. Los sueños, las esperanzas, los sufrimientos, los sacrificios y toda la energía rebelde de nuestros pueblos latinoamericanos no pueden seguir siendo expropiados. Nos merecemos algo más que un miserable "capitalismo con rostro humano" y una mugrienta modernización de la dominación.

*Notas: ** [1]* Estos esquemas simplistas fueron extraídos principalmente de: *(a) *los estudios de orden filosófico de la década de 1840, críticos de la *Filosofía de derecho* de Hegel, donde Marx le reprochaba a su maestro subordinar la sociedad civil al Estado; y de *(b)* los análisis sociológicos de la década de 1850 donde Marx analizó la sociedad francesa y el fenómeno político bonapartista.

*[2]* Véase el inteligente estudio de Carlos Nelson Coutinho sobre Gramsci en América Latina y particularmente sobre la revolución pasiva en Brasil "As categorías de Gramsci e a realidade brasileira". En C.N.Coutinho: *Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político*. Rio de Janeiro, Civilização Brasileira, 1999. También pueden consultarse con provecho los trabajos de Florestan Fernandez sobre la revolución burguesa, recopilados por Octavio Ianni: *Florestan Fernandes: sociología crítica e militante*. São Paulo, Expressão Popular, 2004. Juan Carlos Portantiero había adelantado algunas inteligentes reflexiones en este sentido en su archicitado ensayo "Los usos de Gramsci" [1975] (Buenos Aires, Grijalbo, 1999), pero a diferencia de los dos autores anteriores, Portantiero terminó convirtiendo a Gramsci en un comodín socialdemócrata bastardeado hasta límites inimaginables.

*[3]* Véase nuestro trabajo "Los verdugos latinoamericanos: las Fuerzas Armadas de la contrainsurgencia a la globalización", ensayo incorporado en nuestro: *Pensar a contramano. Las armas de la crítica y la crítica de las armas*. Buenos Aires, Editorial Nuestra América, 2006.

*[4]* Adoptamos esta categoría de Mario Roberto Santucho: *Poder burgués, poder revolucionario *[1974]. En Daniel De Santis [compilador]: *A vencer o morir. PRT-ERP Documentos*. Bs.As., EUDEBA, 1998 (tomo I) y 2000 (Tomo II).

*[5]* Véase el testamento político del Che, cuando afirma: "Por otra parte las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -*si alguna vez la tuvieron*- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución". "Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental" (ediciones varias).

*[6]* Véase el capítulo "Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional" del libro de Silvio Frondizi:* La realidad argentina. Ensayo de interpretación sociológica* (en dos tomos, Tomo I: 1955 y Tomo II: 1956); Víctor Testa [seudónimo de Milcíades Peña]: "Industrialización, seudoindustrialización y desarrollo combinado". En *Fichas de investigación económica y social*, Año I, N°1, abril de 1964. p.33-44. Este artículo fue recopilado póstumamente en Milcíades Peña: *Industrialización y clases sociales en la Argentina*. Bs.As., Hyspamérica, 1986. p.65 y ss.; y finalmente nuestro ensayo: "¿Foquismo?: A propósito de Mario Roberto Santucho y el pensamiento político de la tradición guevarista". En *Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder*. Buenos Aires, Nuestra América, 2005.

*[7]* Tratando de pensar la conformación social de la dominación burguesa en Argentina y América Latina de una manera diferente (tanto frente al reformismo stalinista como frente al populismo nacionalista), el viejo dirigente comunista Ernesto Giudici —quien en 1973 propuso la herética unidad del comunismo con las organizaciones político-militares PRT-ERP y Montoneros— arriesgó una hipótesis más que sugerente. Siempre decía que hay que pensar la historia latinoamericana a partir de su propia cronología histórica, sin violentarla para que entre en el lecho de Procusto de cronologías diversas. Hecha esta salvedad, Giudici consideraba pertinente una analogía con las formaciones sociales europeas; ya no con Francia —modelo de *El 18 Brumario de Luis Bonaparte*— ni con Inglaterra— arquetipo empírico que está en la base de *El Capital*—, sino con el prusianismo alemán. La formación histórica del capitalismo en Argentina, por ejemplo, se asemejaba mucho más a la atrasada Prusia que a las modernas Francia o Inglaterra. Como en Prusia, la burguesía argentina vivía haciendo pactos y compromisos con los propietarios terratenientes, utilizando al ejército como fuerza social privilegiada en política y reprimiendo toda vida cultural autónoma. La hipótesis analógica del "prusianismo" cumplía en los razonamientos de Giudici un rol mucho más abarcador que el "camino prusiano en la agricultura" del que hablaba Lenin, por contraposición a la modernización de la agricultura capitalista de los farmers norteamericanos. Véase "Herejes y ortodoxos en el comunismo argentino", en nuestro *De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano*. Buenos Aires, Biblos, 2000 [hay reedición cubana ampliada, 2006].

*[8]* Es bien conocido el análisis del historiador británico Perry Anderson (a quien nadie puede acusar de provincianismo intelectual o de chauvinismo latinoamericanista), quien sostiene que el primer experimento neoliberal *a nivel mundial* ha sido, precisamente, el de Chile. Incluso varios años antes que los de Margaret Thatcher o Ronald Reagan. No por periféricas ni dependientes las burguesías latinoamericanas han quedado en un segundo plano en la escena de la dominación social. Incluso en algunos momentos se han adelantado a sus socias mayores, y han inaugurado —con el puño sangriento de Pinochet en lo político y de la mano para nada "invisible" de Milton Friedman en lo económico—, un nuevo modelo de acumulación de capital de alcance mundial: el neoliberalismo. * [9]* Recordemos que para Marx la república burguesa parlamentaria —que él nunca homologaba con "democracia"— constituía la forma más eficaz de dominación política. Marx la consideraba superior a las dictaduras militares o a la monarquía porque en la república parlamentaria la dominación se vuelve anónima, impersonal y termina licuando los intereses segmentarios de los diversos grupos y fracciones del capital, instaurando un promedio de la dominación general de la clase capitalista, mientras que en la dictadura y en la monarquía es siempre un sector burgués particular el que detenta el mando, volviendo más frágil, visible y vulnerable el ejercicio del poder político.

*[10]* En ese sentido sería conveniente no confundir las necesidades diplomáticas coyunturales de determinados Estados —a los que defendemos de la agresividad imperialista y con los cuales nos solidarizamos activamente—, con las necesidades políticas del movimiento popular en nuestros países del cono sur latinoamericano. Aunque luchamos por los mismos fines antiimperialistas y socialistas, no siempre lo que le conviene a los Estados amigos es lo que le conviene a los movimientos sociales y populares de nuestros países.

Reflexionemos sobre un ejemplo histórico concreto: la Revolución Cubana sufre un embargo criminal de EEUU desde su mismo desafío al coloso del norte. Prácticamente todos los Estados del continente, siguiendo la presión yanqui, rompieron relaciones con Cuba a inicios de los '60. Uno de los pocos que no lo hizo fue México. Durante décadas, en México gobernaba el PRI, partido burgués, corrupto y autoritario si los hay (surgido del congelamiento de la revolución mexicana). El PRI mantenía "hacia afuera" una política de no confrontación con Cuba, lo cual resulta muy útil diplomáticamente para frenar a EEUU. En lo interno reprimía al movimiento obrero, compraba dirigentes, dividía las organizaciones populares, masacraba estudiantes, hacía desaparecer indígenas, etc. A fines de los '60 en México surgen organizaciones guerrilleras que son masacradas. Años más tarde, surge el EZLN contra el PRI. ¿Cuba rompe amarras contra el Estado mexicano? No, no lo puede hacer. Necesita mantener relaciones diplomáticas con el Estado mexicano para eludir el bloqueo yanqui, lo cual resulta plenamente comprensible. ¿Entonces? ¿Qué debe hacer el movimiento popular en México? ¿Apelar a la autoridad moral de Cuba para apoyar al PRI? La respuesta negativa es más que obvia (no obstante existieron corrientes que así lo hicieron durante años. La vertiente de Lombardo Toledano —de nefasta memoria— apoyaba al PRI con retórica de "izquierda", apoyaba las represiones del gobierno como "progresistas", incluida la masacre de Tlatelolco, etc, etc). Sobre estas dificultades objetivas que el internacionalismo militante no puede desconocer, véase nuestro diálogo-entrevista (realizado junto con el compañero Luciano Álzaga) al presidente de la Asamblea Popular de la república de Cuba Ricardo Alarcón. En *http://www.lahaine.org/index.php?p=14057 * y *http://www.rebelion.org/noticia.php?id=30096 * * [11]* Apuntando en esa dirección y hacia esa tradición política, hemos querido contribuir con un pequeñísimo granito de arena a través de nuestro *Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder* y con diversas experiencias de formación política en varias cátedras Che Guevara, dentro y fuera de la universidad, tanto en movimientos de derechos humanos, en el movimiento estudiantil como en escuelas del movimiento piquetero.

viernes, 22 de agosto de 2008

Consejos Comunales y Comunas: entre el Clientelismo y el Poder Popular



Por Luis R Delgado J

Los Consejos Comunales son los espacios sociales en construcción en los cuales la militancia revolucionaria ha depositado mayor esperanza. Son los espacios de participación donde puede prefigurarse la construcción del Poder Popular, del nuevo Estado, del Socialismo.


De su consolidación se deriva la construcción de un espacio de articulación mayor denominado Comuna, palabra que hace emocionar el espíritu y avivan las expectativas de materialización de una utopía que tiene siglos.

Sin embargo, la realidad siempre es más dura y concreta que los sueños, lo cierto es que el proceso de conformación de los Consejos Comunales apenas está en sus inicios, menos de dos años para ser más exactos, de lo cual lo que salta a la vista más allá de las virtudes inherentes a la participación popular, es una serie de vicios, desviaciones y problemáticas que preocupan profundamente.

Hay que partir en primer lugar de que Venezuela es un país que todavía se circunscribe en una Formación Social predominantemente Capitalista, de eso no debe caber duda, el Socialismo es todavía un proyecto, una perspectiva en construcción cuyo éxito dependerá de la capacidad combativa y creativa de los sectores populares y trabajadores. Esto nos permite entender de forma clara, que los vicios más perniciosos y odiosos del Capitalismo están plenamente vivos, el egoísmo, la corrupción, el machismo, la delincuencia, el fetichismo y la alienación en todas sus formas, son percibidas cotidianamente, aunque empiezan a emerger con más fuerza ciertos valores emancipatorios como la solidaridad, la cooperación entre otros.

En este contexto la construcción de los Consejos Comunales se ha visto perjudicada por la presencia de estos factores ideológicos-morales negativos, el despilfarro de recursos, la ausencia de perspectiva de las necesidades más apremiantes, la corrupción, el nepotismo, el despotismo, la división por intereses mezquinos, el latrocinio más simple no se han hecho esperar, producto de la falta de conciencia política, de educación y organización popular. Hay que aclarar que esto no es culpa exclusiva de los habitantes de las comunidades, es una herencia histórica no resuelta de forma definitiva y es producto de la ineficacia política de las organizaciones políticas-sociales de izquierda, eso sin contar que el gobierno no ha logrado cooperar de forma oportuna a la organización popular, por el contrario por el carácter burgués del Estado venezolano, lo que se ha hecho es reproducir políticas paternalistas y asistencialistas que acentúan el fenómeno clientelar y electorero.

Todo esto crea una problemática muy peligrosa para la Revolución Bolivariana porque la desvirtúa, y la derrota de una iniciativa como la conformación de los Consejos Comunales y las Comunas sería una derrota ideológica estratégica para el modelo de Democracia Participativa y el Socialismo.

Frente a esta delicada situación es impostergable que el Gobierno Bolivariano, la Alianza Patriótica, los movimientos sociales y sectoriales revolucionarios, y las masas populares en cuestión, se aboquen a elevar de forma sustancial los niveles de movilización, concientización y organización del pueblo venezolano, de las y los trabajadores del campo y la ciudad, las mujeres, la juventud, los intelectuales y artistas.

En esta coyuntura de elecciones regionales y municipales, los candidatos de la Alianza Patriótica deben comprometerse a cumplir con las tareas antes descritas. Los gobernadores y alcaldes revolucionarios están obligados a facilitar la construcción del Poder Popular, deben promover no imponer a su medida, la organización de las Consejos Comunales y las Comunas. La Gobernación y la Alcaldía deben ser espacios donde manden los Consejos del Poder Popular (comunales, de trabajadores y trabajadoras, juveniles-estudiantiles, campesinos, etc.).

Debemos erradicar el vicio clientelar, el despilfarro de recursos, la ausencia de perspectiva de las necesidades más apremiantes, la corrupción, el nepotismo, el despotismo, la división por intereses mezquinos, el latrocinio.

La vigilancia y disciplina revolucionaria, la contraloría social, la conciencia de clase deben acerarse, robustecerse para hacer más invulnerable a nuestro Proceso Bolivariano.

No perdamos lo que nos ha costado tanto sacrificio, seamos serios y honestos.




miércoles, 9 de julio de 2008

El Presidente Chávez y las FARC: Estado y Revolución





James Petras
Rebelión


Traducido por Ulises Juárez Polanco y revisado por Caty R. Nota de Rebelion.org: Este texto fue escrito antes de la liberación de Ingrid Betancourt

Cuando el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, pidió a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que abandonasen la lucha armada y declaró que «la guerra de guerrillas pasó a la historia», seguía el rumbo que tomaron en el pasado muchos líderes revolucionarios.

Si nos remontamos al principio de la década de 1920, Lenin instó al naciente comunismo turco a sacrificar su independencia revolucionaria para apoyar a Ataturk; su sucesor, Iósif Stalin, animó a los comunistas chinos a subordinar su movimiento revolucionario al partido nacionalista liderado por Chiang Kai-shek. Mao Zedong dio prioridad a las coaliciones en las que el Partido comunista de Indonesia se sometía al liderazgo del dirigente nacionalista, el general Achmed Sukarno.


Durante los acuerdos de paz franco-indochinos de Ginebra en 1954, Ho Chi Minh aceptó la división del país e instó a los comunistas de Vietnam del Sur a que pusieran fin a la guerra de guerrillas y trabajaran para reunificar el país por medios electorales. En el nuevo milenio, Fidel Castro ha declarado que la «lucha armada es una cosa del pasado» y que, en las condiciones actuales, hay otras formas de lucha prioritarias.

Hugo Chávez ha pedido a menudo a los izquierdistas brasileños que apoyen el régimen social liberal del presidente Lula da Silva a pesar de su adopción de la economía de libre mercado en el Foro Social Mundial de 2002. También llamó a los movimientos sociales latinoamericanos para que apoyaran a una serie de regímenes pro capitalistas en América Latina, a pesar de su defensa de la inversión extranjera, los banqueros y los agro exportadores de minerales.

Estas experiencias de gobiernos revolucionarios, llamados radicales, que exhortan a sus colegas ideológicos a colaborar con regímenes no revolucionarios y abandonar la lucha, generalmente han tenido consecuencias desastrosas: el Kuomintang de Chiang Kai-shek traicionó al Partido comunista, masacró a la mayoría de sus trabajadores y los empujó a las montañas del interior. A la vista de todos, los comunistas indonesios legales y sus simpatizantes y familias sufrieron de 500.000 a un millón de muertes cuando un golpe de la CIA derrocó a Sukarno. Los comunistas de Vietnam del Sur que pretendieron participar en la política electoral fueron asesinados o encarcelados y, en última instancia, los que sobrevivieron se vieron obligados a volver a la lucha guerrillera clandestina.

Los regímenes electorales reformistas que llegaron al poder en América Latina han rescatado el capitalismo de las crisis de los años noventa, han desmovilizado a la izquierda y han abierto las puertas al resurgimiento de la derecha dura en casi todo el continente.

En el caso de Colombia, al parecer, la Venezuela del presidente Chávez optó por ignorar la experiencia anterior de las FARC de su intento de cambiar la lucha armada por la política electoral. Entre 1984 y 1989, miles de guerrilleros de las FARC abandonaron las armas y se adhirieron a la lucha electoral. Los candidatos que fueron elegidos congresistas, hombres y mujeres, fueron diezmados por los escuadrones de la muerte del ejército colombiano, los paramilitares y los ejércitos privados de la oligarquía. Asesinaron a más de 5.000 líderes y militantes de las FARC. ¿No es realmente sorprendente que Chávez los exhorte a adherirse al proceso electoral colombiano, el régimen más sangriento y el violador más feroz de los derechos humanos de la historia reciente?

Entonces, ¿por qué los líderes radicales que lideraron luchas armadas, una vez acomodados en sus despachos, piden a sus homólogos revolucionarios que abandonen la guerra de guerrillas y participen en procesos electorales en los que tienen posibilidades tan dudosas?

Se han dado varias explicaciones en diferentes momentos para explicar lo que aparece como un U-turn (cambio de sentido) político.

La explicación moral



Algunos críticos del U-turn explican el cambio debido a una «degeneración moral»: los líderes se convierten en autócratas burocráticos y sólo buscan consolidarse en el poder en sus propios países. Esta es la posición común adoptada por la izquierda, la oposición a las políticas de Stalin en lo que se refiere a las políticas rusas con respecto a la revolución china. Los defensores de la U-turn en China afirmaron que se trataba del reconocimiento de los «nuevos tiempos» y las «oportunidades objetivas» a escala mundial, y argumentaban que la aparición de la revolución anticolonial mundial tras la Segunda Guerra Mundial creó una simetría de objetivos entre nacionalistas y comunistas que evolucionaría con el tiempo hacia un estado no capitalista.

Esas frágiles alianzas condujeron a la división del régimen y a que surgieran regímenes de «hombres fuertes» de la extrema derecha, lo que sugiere que este argumento tenía una duración limitada. Aparecieron, y todavía siguen apareciendo, numerosas variaciones de las explicaciones de la política del U-turn, pero cualquier explicación histórica estructural tiene que contar con la diferencia entre un movimiento revolucionario camino del poder y un liderazgo revolucionario que ya lo tiene.

En el segundo caso, el estado revolucionario, generalmente, debe lidiar con un ambiente hostil, presiones militares e intervenciones, boicoteos económicos y aislamiento diplomático de los estados imperialistas y sus clientes. En este contexto, el régimen revolucionario o radical tiene una serie de opciones políticas para mejorar su posicionamiento internacional, que van desde el apoyo declarado a los movimientos de oposición radicales extranjeros hasta intentos de mostrar moderación, conciliación y acomodo de los asuntos imperiales. Hay muchos factores que influyen en la política exterior de los regímenes revolucionarios. Es probable que se aplique una política revolucionaria en los siguiente casos:

1) Los movimientos revolucionarios están en expansión y auguran un éxito temprano, ya sea en derrocar a clientes pro imperialistas o en poner en marcha un gobierno progresivamente favorable.

2) El régimen revolucionario ha llegado al poder, se enfrenta a una amenaza militar inminente para su consolidación y el resultado será «todo o nada».

3) El régimen revolucionario se enfrenta a un sólido bloque de oposición intransigente dirigido por potencias imperialistas que no muestran ninguna voluntad de negociar un acuerdo de convivencia ni están dispuestas a asumir ningún compromiso.

Por el contrario, los regímenes revolucionarios son más propensos a renunciar o minimizar los vínculos con movimientos revolucionarios extranjeros en caso de que:

1) No sean definitivas las posibilidades de mantener las relaciones diplomáticas y comerciales así como los intercambios e inversiones con los regímenes capitalistas.

2) Los movimientos radicales están en declive y pierden sus apoyos o son eclipsados por los partidos electorales que prometen el reconocimiento y mejores relaciones.

3) Los cambios socioeconómicos dentro del estado revolucionario evolucionan hacia un acomodo con inversionistas locales o extranjeros emergentes cuyo futuro crecimiento depende de la asociación con las elites empresariales extranjeras y una disociación de las fuerzas anticapitalistas radicales.

En la práctica, en diferentes tiempos y lugares, las dos posiciones polares se combinan de acuerdo con una serie de circunstancias atenuantes. Por ejemplo, el régimen revolucionario puede perseguir una posición de acomodo con grandes regímenes capitalistas económicamente importantes, mientras continúa apoyando movimientos revolucionarios en países capitalistas más pequeños y menos significativos.

En otros casos, el régimen revolucionario puede disociarse de los movimientos revolucionarios para diversificar sus mercados e intercambios y, al mismo tiempo, seguir expresando una «retórica revolucionaria» para consumo doméstico y para mantener las lealtades de los movimientos reformistas del extranjero.

La política exterior, revolucionaria o no, es una prerrogativa del cuerpo diplomático, que suele tener muchos profesionales que no tienen una postura revolucionaria y son remanentes de tiempos prerrevolucionarios. Su forma de entender la política exterior es recurrir a los vínculos y relaciones anteriores con sus homólogos de los países capitalistas y con las élites empresariales de su país. Por lo tanto, en general, están en constante «estado de negociación», inmunes a las dinámicas revolucionarias internas y procuran aumentar al máximo los lazos diplomáticos y reducir al mínimo las ligaduras externas con movimientos revolucionarios que comprometen sus relaciones cotidianas con los homólogos extranjeros.

Gobierno y partidos: La solidaridad y los «intereses de Estado»

Es posible imaginar una situación en la que un gobierno revolucionario lleve a cabo una política moderada de acomodo, mientras que el partido, partidos o movimientos revolucionarios que respaldan al gobierno expresen su solidaridad con partidos y movimientos revolucionarios del extranjero. Esto supone que el estado y el partido se apoyan mutuamente pero son independientes en cuanto a la política y la organización. Esta dualidad es posible si el partido decide sus políticas a través de sus propios foros de deliberación, consultando a sus miembros, y no es una «correa de transmisión» del estado y su poder ejecutivo.

Por desgracia, en la inmensa mayoría de los casos, el estado y el partido tienden a fusionarse, los líderes del partido y de los movimientos sociales de masas toman posiciones en el gobierno, los movimientos pierden su autonomía y se convierten en mecanismos para implementar las políticas estatales. Así, las maniobras diplomáticas del ministerio de Asuntos Exteriores invalidan los principios de solidaridad revolucionaria del partido y los movimientos, reduciéndolos a una retórica abstracta intrascendente.

Mientras que el estado post revolucionario tiene la responsabilidad cotidiana de velar por la seguridad, el empleo y el suministro de las prestaciones necesarias al pueblo y, por lo tanto, encontrar formas de lidiar con los regímenes existentes para lograrlo, los partidos y movimientos revolucionarios tienen como uno de sus principales objetivos la profundización y extensión de los cambios revolucionarios incluidos en sus programas.

En otras palabras, hay una tensión inevitable entre las «razones de Estado» y el «programa revolucionario» de los movimientos de masas. Con la consolidación del estado post revolucionario, la tendencia que predomina en la clase gobernante es la de estabilizar las relaciones exteriores. Esto incluye dos procesos: limitar al partido revolucionario a un apoyo moral a sus homólogos externos, y su desvinculación con los movimientos revolucionarios foráneos. La retórica revolucionaria, radical e internacional seguirá siendo un ritual en los aniversarios de victorias históricas, héroes revolucionarios y denuncias contra los agresores imperialistas inmediatos, mientras se firman todo tipo de acuerdos con los regímenes capitalistas. Cuando los países capitalistas establecen acuerdos diplomáticos, económicos o políticos con un régimen revolucionario, éste califica a sus nuevos socios de «progresistas» que forman parte de una nueva oleada de gobiernos «antiimperialistas» o «independientes». Lo más sobresaliente de estas nuevas definiciones de los socios capitalistas, económicos o diplomáticos, es que no se basan en ningún cambio estructural, de propiedad o de clase, ni siquiera en cualquier tipo de ruptura de relaciones con los países imperialistas. El cambio de la etiqueta política se produce casi exclusivamente como resultado de la política exterior del país con el régimen revolucionario.

Venezuela: la paradoja de los cambios revolucionarios y la política exterior conservadora

El gobierno de Chávez sigue una política practicada por la gran mayoría de los líderes revolucionarios o radicales anteriores que se enfrentaron a potencias imperialistas hostiles, adoptando políticas socioeconómicas radicales para debilitar a los aliados internos del imperio, mientras busca aliados diplomáticos externos entre regímenes capitalistas reformistas y hasta conservadores. Chávez ha respaldado al régimen neoliberal de Lula en Brasil (y ha exhortado a los movimientos sociales populares a hacer lo mismo), incluso cuando el ex líder sindical rebajó drásticamente las pensiones de los empleados públicos, impuso un pacto de estabilidad del FMI y favoreció a los agro exportadores de minerales antes que a los trabajadores rurales sin tierra.

Chávez también apoyó económicamente al régimen de Kirchner en Argentina por medio de la compra de bonos del Estado, incluso cuando dicho régimen se negó a impugnar las privatizaciones ilegales de la década de los 90, mantiene las desigualdades socioeconómicas del pasado y se ha negado a reconocer legalmente a la Confederación sindical independiente de los trabajadores argentinos (CTA). Para Chávez, el factor clave era la oposición de Argentina a una intervención estadounidense contra Venezuela y la negativa a integrarse en el ALCA, promovido por EEUU.

La política exterior de Chávez con respecto a Colombia, principal aliado político y militar de EEUU en la región, ha alternado la reconciliación y el rechazo dependiendo de las amenazas inmediatas a la soberanía venezolana. Los puntos de conflicto giran en torno a varias intervenciones flagrantes de Colombia en Venezuela: en 2006, el ejército colombiano secuestró, en el centro de Caracas, a un ciudadano venezolano de origen colombiano, representante de las relaciones exteriores de las FARC. Anteriormente, el ejército venezolano detuvo a 130 miembros de fuerzas paramilitares armadas colombianas en Venezuela, a menos de 100 kilómetros de la capital. Tras la detención, Venezuela suspendió brevemente las relaciones económicas, pero se renovaron poco después en una reunión amistosa tras un encuentro diplomático entre el presidente de los escuadrones de la muerte colombianos, Uribe, y Chávez.

Después, en 2008, cuando Chávez intentó mediar en una liberación de presos y abrir las negociaciones de paz entre las FARC y el régimen de Uribe, éste lanzó un ataque militar asesino contra el grupo negociador de las FARC establecido en la frontera de Ecuador. Frente a la ofensa de Uribe y su violación de la soberanía ecuatoriana en persecución de la guerrilla, Chávez se vio obligado a denunciar a Uribe, movilizar al ejército venezolano y presentar la cuestión ante la Organización de los Estados Americanos. Uribe lanzó una ofensiva diplomática argumentando que una computadora de la guerrilla, conseguida durante el ataque, contenía pruebas de la relación de Chávez con las FARC.

Posteriormente, Uribe y Chávez negociaron un acuerdo temporal, sobre la base de un mínimo entendimiento, por el que Uribe se abstendrá de futuros ataques militares transfronterizos. En este contexto de espadas en alto y tensiones diplomáticas, Chávez optó por denunciar públicamente a las FARC, poner una distancia entre su gobierno y la izquierda revolucionaria y pedir su desarme unilateral para ganarse la simpatía diplomática de Colombia, Europa y Estados Unidos. Claramente, Chávez creyó que podría apaciguar a Uribe para rebajar las amenazas a las fronteras de Venezuela y reducir las probabilidades de que Colombia otorgara a EEUU el uso de su territorio fronterizo como una base de lanzamiento para una invasión.

La decisión de Chávez estuvo profundamente influenciada por el debilitamiento político y militar de las FARC en los últimos cinco años, el avance del ejército colombiano y el cálculo de que la eficacia de las FARC como un contrapeso de Uribe iba en picado. En este contexto, Chávez probablemente consideró más importante la distensión diplomática con la Colombia respaldada por EEUU que cualquier solidaridad pasada o una futura recuperación táctica de las FARC. En términos generales, cuando los gobiernos revolucionarios perciben o se enfrentan a una situación de debilitamiento, movimientos revolucionarios derrotados en el exterior y crecientes amenazas políticas de las potencias imperialistas y sus satélites, es más probable que construyan puentes diplomáticos con regímenes centristas o de derecha. Para lograr el apoyo diplomático, la medida más natural para construir la confianza es sacrificar cualquier identificación con la izquierda radical, incluyendo el repudio público a cualquier iniciativa extraparlamentaria.

Desde las crisis económicas de los noventa, Cuba ha establecido estrechas relaciones económicas y diplomáticas con todos los estados de América Latina (incluida Colombia), se ha opuesto a todos los movimientos de guerrillas y ha renunciado a criticar a los regímenes de centroderecha, excepto a los que le atacan públicamente como sucedió con clientes de EEUU como el ex presidente Fox de México y su ex ministro de Exteriores Jorge Castañeda, un reconocido portavoz de la CIA y del exilio cubano en Miami.

Conclusión

Los dilemas de los gobiernos revolucionarios giran en torno al problema de administrar el estado, lo que implica maximizar las relaciones económicas y diplomáticas internacionales para desarrollar la economía y defender su seguridad en un orden mundial imperialista, mientras vive en concordancia con su ideología revolucionaria y solidaridad con los movimientos populares en el mundo capitalista. Los riesgos de la solidaridad disminuyen cuando nuevos regímenes de izquierda llegan al poder o ascienden los movimientos populares. Los riesgos son mayores cuando resurge y asciende la derecha.

El dilema es muy agudo, porque el estado revolucionario y el partido revolucionario están íntimamente ligados y así se identifican: el partido está dirigido por el presidente del estado y hay coincidencias a todos los niveles entre los oficiales y los miembros del gobierno y del partido, así como las actividades de los últimos reflejan las prioridades del gobierno. En los casos donde no hay un espacio independiente entre el estado y el partido, los movimientos diplomáticos necesarios para las políticas del día a día minan la posibilidad de que el partido (basado en sus principios y deliberaciones internas) pueda actuar independientemente en apoyo de sus homólogos internacionales. Por el contrario, la existencia de un partido revolucionario independiente, que apoya al estado pero tiene su propia vida interna, podría resolver el dilema al darle prioridad a la solidaridad de clase en su «política exterior». Al rechazar el rol de correa de trasmisión de la política exterior del gobierno, el partido revolucionario actuaría paralelo al estado, ejerciendo su oposición al imperialismo y a los enemigos de clase internos, pero sería independiente a la hora de elegir alianzas extranjeras y tácticas.

Dada la diferente composición de la burocracia y los cuerpos diplomáticos de la política exterior y de la base de masas radical del partido revolucionario, esta separación de estado y movimientos reflejaría las diferencias políticas y de clases inherentes entre un cuerpo diplomático formado bajo regímenes reaccionarios anteriores y acostumbrado a modos operativos convencionales y los activistas populares radicalizados, forjados en la lucha de clases y habituados a intercambiar ideas en foros internacionales con revolucionarios del exterior.

Los riesgos de dependencia diplomática de aliados capitalistas poco fiables y los frágiles acomodos temporales más arriesgados, tienen que equilibrarse con las ganancias de la solidaridad y el apoyo de partidos y movimientos de masa en la oposición comprometidos en políticas extraparlamentarias.

Original en inglés: http://petras.lahaine.org/articulo.php?p=1741&more=1&c=1

Ulises Juárez Polanco y Caty R. pertenecen a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.