miércoles, 16 de marzo de 2011

El último ´rojo´ fusilado


SANTIAGO ROMERO | A CORUÑA "Fue ejecutado a las cinco de la madrugada del 20 de abril de 1963, ante los faros de unas camionetas. Los reclutas del pelotón de fusilamiento estaban muy nerviosos. Dispararon 27 balas, pero el oficial al mando tuvo que rematarle con tres tiros de gracia. Nunca lo olvidaré", recuerda el abogado Alejandro Rebollo -que era entonces capitán del Ejército y sería presidente de Renfe en 1980-, quien actuó como defensor de Julián Grimau, responsable del Partido Comunista de España en la clandestinidad, cuyo centenario devuelve este año el eco de una muerte que sacudió los cimientos del franquismo y acabaría por provocar también un cisma en el comunismo español. SANTIAGO ROMERO | A CORUÑA "Fue ejecutado a las cinco de la madrugada del 20 de abril de 1963, ante los faros de unas camionetas. Los reclutas del pelotón de fusilamiento estaban muy nerviosos. Dispararon 27 balas, pero el oficial al mando tuvo que rematarle con tres tiros de gracia. Nunca lo olvidaré", recuerda el abogado Alejandro Rebollo -que era entonces capitán del Ejército y sería presidente de Renfe en 1980-, quien actuó como defensor de Julián Grimau, responsable del Partido Comunista de España en la clandestinidad, cuyo centenario devuelve este año el eco de una muerte que sacudió los cimientos del franquismo y acabaría por provocar también un cisma en el comunismo español.

Grimau fue detenido en 1962 y durante los interrogatorios cayó por una ventana desde un segundo piso, se golpeó en la cabeza y se fracturó las muñecas. El Ministerio de Información y Turismo, que entonces dirigía Manuel Fraga, sostuvo que se había tirado de forma "inexplicable", tras encaramarse a una silla. Siempre flotó la sospecha de que había sido arrojado al vacío por sus torturadores. El dirigente comunista fue encausado por supuestas torturas y asesinatos en una cheka de Barcelona durante la Guerra Civil, pese a que estos delitos habían prescrito al haber transcurrido más de 25 años desde el final de la contienda. "Grimau nunca figuró en la causa general abierta tras la Guerra Civil. Además, no se probó ni uno de los crímenes que afirmaban había cometido. Fue secretario general de la Brigada de Investigación Criminal y, por tanto, era un policía dedicado a perseguir delitos comunes", sostiene Rebollo, que abandonó el Ejército tras el polémico enjuiciamiento.

El juicio sumarísimo, celebrado en abril de 1963, fue una aberración procesal. Los testigos declararon que conocían sólo de oídas los supuestos crímenes del encausado y ejerció de ponente un impostor que nunca estudió Derecho, Manuel Fernández Martín, que era secretario del entonces ministro del Ejército, el general Pablo Martín Alonso. Además, no fueron tenidos en cuenta los alegatos de Alejandro Rebollo, el único presente en la sala que era abogado. La condena a muerte, que convirtió a Grimau en el último ejecutado de la Guerra Civil, fue ratificada por el consejo de ministros a pesar de la masiva campaña internacional a favor del indulto, en la que el propio papa Juan XXIII envió una carta a Franco pidiendo clemencia.

Una de las novedades en el regreso de la memoria de Grimau en su centenario es la poco conocida vinculación coruñesa de este icono del comunismo al que la cantautora Violeta Parra, autora del clásico Gracias a la vida, dedicó otro de sus célebres temas: Qué dirá el santo padre. Aunque nacido en Madrid, Grimau comenzó su carrera profesional y política antes de la Guerra Civil en la ciudad coruñesa, en la que fue subgerente de la editorial La Fe -ubicada en la calle Real, donde estaría durante décadas la librería Colón-, que era una especie de Fnac de la época, con sede en Madrid y delegaciones en las principales ciudades españolas.

La sede coruñesa de La Fe era un hervidero republicano frecuentado por intelectuales, políticos y artistas en el que Grimau trabó amistad con el editor Ánxel Casal y el escultor Camilo Díaz -padre de Isaac Díaz Pardo-, ambos asesinados en los paseos del 36. El abogado Alejandro Rebollo recuerda que en sus últimos momentos, mientras esperaba la ejecución, Grimau se relajaba hablando de arte. "Cómo dibujaba aquel hombre", decía al recordar a Camilo Díaz.

Estas relaciones le llevaron a iniciarse en la política en la ORGA, el partido republicano con tintes nacionalistas del político coruñés Casares Quiroga, que llegaría a ser jefe de Gobierno y ministro en la República. La decisión incomodó al padre de Grimau, que era partidario de los federales de Martínez Barrios y el propio Grimau acabaría por distanciarse del dirigente coruñés y entrar en el Partido Comunista. Según sostiene el autor José Luis Losa en su libro Caza de rojos, Grimau confesaría tras la Guerra Civil en La Habana al médico Francisco Comesaña (el protagonista real de la historia de O lapis do carpinteiro, indultado en 1942 de la pena de muerte que esperaba en el penal de A Coruña) que Ánxel Casal y Arturo Cuadrado, el poeta que llevó el texto del Estatuto de Galicia al Congreso y cofundador de la editorial Emecé en Buenos Aires, lo habían prevenido contra Casares Quiroga, "un oportunista a la búsqueda de puesto en Madrid". Grimau, que durante su exilio en La Habana promovió la campaña internacional a favor del indulto de Comesaña, fue el padrino del hijo del célebre médico gallego, al que animó a unirse al gobierno republicano en México, donde llegaría años después a colaborar en el adiestramiento de unos entonces anónimos Fidel Castro y Che Guevara. Un episodio igualmente poco conocido del inspirador de la afamada novela de Manuel Rivas llevada al cine.

A finales de los años 50, Grimau, miembro del comité central del PCE a la sombra de Santiago Carrillo, se convertiría desde París en el principal responsable de la red clandestina del partido en España, hasta que él mismo es obligado por la dirección a integrarse en ella. Y acaba detenido, torturado y fusilado por la temible policía política de Franco.
tomado de la OpinionCoruña.

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